lunes, 15 de julio de 2013

Adagio.

Tras esta prolongada vigilia onírica

un despertar en forma de Adagio

ausente de Lara

es totalmente imposible.



La realidad no es más

que un ingrediente del sueño

que se hace patente,

se perpetúa, se instala

e inunda mi cuerpo ávida de pasión,

ardiente caudal de emociones,
con tintes de Allegro,

que reactivan efervescencia veinteañera

en un cuerpo cargado de años
que canta y se mueve a tempo Larghissimo.

Pedro Vera Sánchez, Trinidad.


Fantasma de opereta.

A veces pienso que me ha tocado interpretar el papel de fantasma en esta opereta que es la vida.



Tal vez por eso nunca me ha gustado la Historia. Suele tener una alta concentración de episodios Reales, con nombres y fechas, y una larga letanía de cruentas guerras con sus tristes regueros de sangre abancalada en las cunetas.



Igualmente cierto es que, raras veces, encontramos algún oasis de cultura en el que reponernos, pero, de vuelta a la vida, observo cómo una panda de analfabetos incorregibles, intentan regir nuestros destinos hacia no sé qué punto de no retorno en el que la cuerda rompe de tanto tensarla.



Y ese punto de no retorno, pasará a los anales sin que cuente mi humilde opinión de alma inquieta de hoy que no alcanzaré a leer mañana.



Tal vez quede perdida en ese oasis de vestigios, inadvertida, como papel secundario de esta farsa teatral que hoy se nos ofrece de forma gratuita.



Perdón por el lapsus. Quise decir “que hoy se nos ofrece”.

Pedro Vera Sánchez, Trinidad.

sábado, 13 de julio de 2013

Penélope.

Penélope llegó al atardecer

y, sin mediar palabra, me besó,

asió mis manos con suavidad

y me llevó a contemplar

los colores del ocaso.



Tras una cena frugal

me echó sobre la yacija

y vertió toda su furia amorosa

sobre mi

y, aún adormecido, me despertó

recitándome a Neruda

y me entregó un paquetito

con una gorra de regalo.



Yo pensaba en Hernández,

cara al frente,

olor a campo,

secas tierras

y pedregosos caminos



Fue un momento de plena lucidez

lo que observé en su mirada

al tiempo que aquella luz mediterránea

nos traía olor a sal y brea

mientras las huellas de mis dedos

recorrían lentamente su espalda.



Penélope marchó temprano

con la tristeza anclada en sus pupilas

y la promesa de un próximo encuentro.



Aún conservo la gorra,

las letras de Neruda

y la frente altiva de Hernández

pero… ¿y su recuerdo?




Pedro Vera Sánchez, Trinidad.

viernes, 12 de julio de 2013

Selene y el Mondúver de Gandía

¿Qué tendrá el Mondúver, guardián y rey de La Safor gandiense, las noches de luna llena de Julio, que es un peregrinar de almas hacia su cresta?

¡Desde allí, en tales cotas, no podéis acariciarla!

Yo, menos pretencioso y con mi cuerpo ajado por los años, prefiero recostarme a su lado, sobre la arena de cualesquiera de las bahías aguileñas, y esperar que, a su llegada, me bese su reflejo oferente con su baño de luz.

Entonces charlamos de tú a tú, cara a cara, de frente y me cuenta historias de su lado oculto.

Yo le respondo al oído mientras, reflejada en el agua, acaricia mis pies con una sonrisa cómplice.

Y así, noche tras noche, hasta que la negra boca del septenario la engulle y me la arrebata.


Pedro Vera Sánchez, Trinidad.


jueves, 11 de julio de 2013

En estado de alienación.

Algún día seré famoso y acariciaré la gloria con mis manos.

Tendría lujosas mansiones, rodeadas de robustos muros, inaccesibles a miradas extrañas y envidiosas de mi poder, me zambulliría en solitarias playas paradisíacas, de doradas arenas, con la única compañía de las transparentes y cristalinas aguas del mar, ajeno al indiscreto objetivo de los miles de paparazzi que a diario me perseguirían y pasearía libremente rodeado de escoltas, guardaespaldas y diligentes secretarias atentas a cualesquiera de mis gestos, apetencias o sugerencias.

Algún día seré poseedor de ese y otros muchos otros premios que tan merecidos tengo.

Entre tanto, sólo puedo disponer de todos aquellos amigos que me quieren y valoran, no por lo que soy sino, más bien, por quién soy y siempre están dispuestos a ofrecerse a mis humildes  requerimientos.

El director del banco, que también es mi amigo,  cada día me repite, sin insistencia, que mi único problema es la falta de liquidez. A continuación me acompaña a una terraza colindante con la entidad y me invita a tomar un café o una cerveza en función de la hora del día en que le visito.

Acto seguido, arranco mi vieja vespino roja y regreso puntualmente a reunirme con la confortable y silenciosa soledad de mis árboles, cojo mi silla y la coloco bajo el pino de mi casa, a la sombra, entre la alegre algarabía de trinos de los pájaros que me acompañan en el descanso, medito, leo o escribo.

Es mi rutina, mi forma de vida.

Y soy feliz.

Pedro Vera Sánchez, Trinidad.