Tus senos,
turgentes como
montañas al alba,
afloran
desnudos y sin pudor
al penetrar
el sol en la alcoba.
Las sábanas,
arrugadas a
un lado de la cama,
dejan tu
cuerpo desprotegido,
indefenso a
mi mirada,
bañado de
luz,
inmenso mapa
de trazos curvilíneos
como las
trémulas auroras de primavera
que empuja
este sol de mayo.
Te observo
de nuevo
y me recreo
en tus piernas,
abiertas a
modo de abanico desplegado,
mostrando tu
pubis,
fuente de
mis inagotables deseos,
invitando a
mis instintos
a continuar
el viaje.
Te vuelvo a
mirar, te giras
y me miras
insinuando una sonrisa
tan sensual
como perfecta.
El intenso
olor de las tostadas,
presas en el
tostador,
pasó
desapercibido
en el fragor de la batalla
del frotar
de nuestros cuerpos
y la
vehemencia de nuestros apasionados
y dulces
besos.
El día
continuó
en su lento
e incansable caminar
saludando
los tejados
y devorando
las horas
ajeno a todo
lo que sucedía
… en nuestra
guarida.