viernes, 29 de octubre de 2010

El libro de San José (Cadena de eslabones Vs problemas)

EL PORQUÉ DE ESTE LIBRO.

Según parece, ha corrido, como un reguero de pólvora por Los Garres, que este año celebramos el CINCUENTA ANIVERSARIO DEL COLEGIO PÚBLICO ANTONIO DÍAZ (1958-2008).

Con motivo de tal evento, se propuso, desde la dirección del Centro, la realización de diferentes actividades. Entre ellas, la recopilación en un libro de todos los recuerdos, anécdotas, historias y reflexiones de antiguos alumnos y maestros.

En el Pabellón de San José, ante tal acontecimiento, nos reunimos los profesores para estudiar cómo afrontar tal evento y, entre las variadas propuestas y opciones, se tomó la decisión de intentar escribir un libro sobre la Escuela en San José, que podría recoger información sobre la historia de la misma en el pueblo.

Tomada dicha decisión, se procedió a recabar información a través de entrevistas con personas del pueblo que, desde el principio, pudieran estar implicadas en la creación de la primera escuela. Fue un rato muy agradable el que pasamos hablando sobre cómo se llegó a tener el primer colegio del pueblo y cómo se las apañaron para conseguir el actual pabellón.

Después nos entrevistamos con alumnas que estudiaron en esta primera escuela. Nos contaron anécdotas y recuerdos entrañables del día a día de aquellos tiempos. Nos confirmaron que, en aquellas fechas, solamente estaban hasta tercero de Primaria y que desde cuarto en adelante se marchaban al Colegio de  los Garres; que, a veces, se hacían pequeñas excursiones hasta la casa de los Forestales; que el retrete (uno para niños y otro para niñas), no era más que un agujero en la tierra con una tabla y que, con la colaboración de la maestra, las chicas limpiaban con agua y lejía todos los viernes por la tarde; que limpiaban igualmente los cristales, se recogían todos los papeles de la clase antes de salir (porque entonces no venía nadie a limpiar), que hacía mucho frío y la única estufa que había en la clase, de gas butano, se la ponía el maestro para calentarse los pies, que cada uno vestía como podía y que, normalmente, se heredaba la ropa de los hermanos mayores. Y así, muchas y muchas cosas más. Cosas por entonces normales, que sucedían en aquellos días y que en este momento contaban con añoranza.

La cuestión es que, después de tener recogida toda la información posible, los maestros y maestras nos reunimos para dar el siguiente paso: ¿qué hacer con todo lo que sabemos?

Y después de analizar y ver que la información con la que contábamos no nos permitía escribir un texto con cierto rigor histórico, se nos ocurrió la idea de hacer algo más desenfadado; algo que pudiera llegar a todos los posibles lectores y, aunque todo lo que se cuente no se corresponda fielmente con lo que ocurrió en la realidad, sí que dé una idea de lo que históricamente pudo acontecer hasta llegar a construir el actual pabellón escolar.

Es posible que, a raíz de este libro, pueda surgir la idea de seguir recopilando más información para, definitivamente escribir una versión histórica lo más fiel posible a la realidad, con fechas de acontecimientos e incluso con documentos que los avalen. La información, a fecha de hoy, está entre los vecinos del pueblo. Nosotros, por nuestra parte, lanzamos la idea y dejamos la puerta abierta.

Esperamos que el contenido de este libro os haga pasar un buen rato, sobre todo si lo leéis con vuestros hijos; que os traiga buenos recuerdos y que su contenido os sirva para reflexionar y ver que siempre hay personas de buena voluntad dispuestas a luchar para que nuestra sociedad pueda avanzar.

Nos consta que, en dos ocasiones, San José ha sido ejemplo de ello y no lo deberíais de olvidar.

La escuela de San José (1ª parte)

(La Solanilla de Los Garres)

-     ¡¡Atchis!!   ¡¡Atchis!!   ¡¡Atchis!!
-         Jesús, María, José. ¿Ya  empezamos con la puñetera alergia?
-         No. Es que esta mañana el azahar está en todo lo suyo y mira como están los limoneros.
No se le ven las hojas por ningún sitio. Parece como si les hubiera caído la escarcha esta noche y están blancos como la leche. Si tenemos buen tiempo y cuaja toda la flor, tendremos buena cosecha este año, ¿no te parece?
Claro que tú, como estás en París, esto no lo comprendes. Lo tuyo es recibir los limones y venderlos en Francia, que  eso también tiene su intríngulis. (Comentaba “Pepico La Tana”, el hijo del tío Picho, con su hermano Juan Antonio, que se encontraba pasando unos días en su casa, cerca de La Solanilla, en Los Garres, Murcia)

Estas, y otras muchas conversaciones muy parecidas, se han sucedido año tras año en la frondosa y ubérrima huerta de Murcia desde…  Bueno y ¡¡yo que sé desde cuando!! Pero desde hace muchísimos años seguro ya que, estas tierras, fueron visitadas, colonizadas y habitadas por las primeras civilizaciones desde tiempos remotos. Fenicios, griegos, romanos, cartagineses, árabes… hasta las gentes de nuestros días, han ido dando labor (y regando con sudor) a esta huerta, hasta encumbrar el nombre de Murcia hasta lo más alto en el escalafón de la agricultura. Por eso es conocida nuestra tierra como: La Huerta de Europa. Ahí es nada y quién pueda que lo mejore. Queda dicho.

Pero lo que a nosotros nos interesa, en este momento, es arrancar desde un punto concreto de la historia para contar NUESTRA HISTORIA y dando un salto en el tiempo nos trasladamos hasta los albores de los años 60 del siglo pasado.

Una de tantas mañanas de aquellos años, los jornaleros de la “Finca de La Tana”, ubicada en los alrededores del paraje de La Solanilla, llamado también El Reguero, todos ellos gentes de este pequeño y privilegiado rincón, haciendo un pequeño descanso a la hora del almuerzo, comentaban apesadumbrados los unos a los otros:

(Hombre 1)    
-      Pos mi crío, el Antoñico, llega cada día cansao y renegando de la escuela y no quiere ir más. Dice que tie qu´hacer seis o siete kilómetros tos los días pa ir y pa venir, cargao con la cartera, el libro y los lápices pa aprender algo, pero no vale la pena tanta caminata. El nene es listo, es muy aplicao y muy obediente, como Dios manda y yo lo he enseñao, pero se rebela y dice que no está dispuesto a ir corriendo por esos caminos, cruzando huertos cada mañana, haga viento o llueva, haga frío o calor… Que vamos, que no, que no quiere seguir y dice que hable con “Pepico La Tana” y que le diga que se viene a trabajar conmigo, a cortar limones o a lo que haga falta y así ayuda a meter algo de dinero en la casa que buena falta nos hace.

(Hombre 2)
-      ¡¡Anda que… vaya papeleta que tenemos!! El mío, mi Juan Manuel, está cada día con la misma matraca qu´el tuyo. Es que los pobretiquios de los críos, tan pequeñiquios y con esas caminatas cada mañana, cada medio día y cada tarde, terminan reventaos y ¡¡claro!! Yo me pongo en su lugar y no sé lo que haría. Porque…

(Hombre 3)
-      Bueno, el mío, mi Paquico, es un poquiquio más grande que los vuestros y está mas hecho de carnes y más creciíquio, pero también se queja de lo mismo tos los días. Ahora que éste, por el sol que nos está alumbrando, termina de aprender y va a ir a la escuela hasta que lo echen por la edad. ¡¡Que no se piense que va a ser un analfabeto como yo, que no pude pisar una escuela de crío y ahora no sé ni hacer una O con un canuto!!

         (Encargado)
           -    Me parece que el problema que tenemos, lo tenemos repetío. El otro día mi Josefa y  mi suegra me dijeron algo también, pero, como no paro en mi casa na más que pa cenar y pa acostarme no he tenío tiempo pa hablar con mi Joseíco y que me diga qué piensa hacer. Va a cumplir ahora en Agosto los 10 añicos y está también rebotao. Y es que estos críos no saben el bien que tienen con poder ir a Los Garres tos los días a aprender lo que, ni nosotros ni nuestros padres, hemos podío, porque claro, las circunstancias de antes no eran las de ahora. Entre la guerra y el hambre que vino después, ¿quién no echaba una mano a los viejos en lo que fuera? Las crías en la casa con la mujer y los críos recogiendo hierba pal ganao, sacando las cabriquias a pacer, ayudando a coger leña pa la lumbre de la chimenea y haciendo lo que podíamos cada uno a medía de nuestras fuerzas.

         Yo creo que tendríamos que hablar con el jefe. Tos sabemos que Pepico “La Tana” es muy buena persona. Podríamos hablar con él cuando pase por aquí a la tarde y contarle nuestro problema. Yo puedo decirle algo ahora que voy a la casa a apuntar los jornales, pero no quiero que quede como cosa mía. Mejor le digo que cuando pase luego por aquí que se acerque y hablamos con él. Seguro que algo nuevo nos va a alumbrar pues, es muy buena persona y eso lo sabéis tos.

         (Hombres 1, 2 y 3, al unísono)
-        Pos no las podío pensar mejor. Le dices que se acerque si le pilla de paso y hablamos con el pa ver si solucionamos el problema de una vez por toas. Que la cosa no está clara y a  los críos a lo mejor podemos encontrarle algún remedio.

Aquella tarde, como todas las tardes al caer el sol, D. José Cánovas Ortiz (más conocido como “Pepico La Tana” en todo el contorno) se llegó al tajo a saludar a la gente que, entre los limoneros, unos cortando ramas, otros sacándolas al camino para quemarlas cuando se secaran, otros echando el agua para encauzarla por las distintas acequias… terminaban su faena con los últimos claros. Tras ir saludando a los jornaleros uno por uno, les sorprendió al decirles que, el domingo, subieran a la casa, pues quería hablarles tranquilamente de un tema que le venía preocupando hacía tiempo y que no era el trabajo el sitio más adecuado para discutir y solucionar ese tipo de problemas.

Llegó el domingo y, a medida que la gente, como si fuera en romería, se presentaba en la casa, “Pepico La Tana”, ya había decidido, por su cuenta, solucionar el preocupante problema que para él suponía la educación de los hijos de sus obreros, ofreciéndoles terreno en un cornijal que quedaba cerca del pueblo, debajo de donde estaba ubicada su propia casa, y de esta forma, si los padres se ponían de acuerdo y se encargaban de hacer la obra entre todos, a ratos perdidos, cuando flojeaba el trabajo y los domingos que no trabajaban, él corría con todos los gastos, para que no les supusiese una carga económica, y el problema quedaría solucionado.

Así fue como, gracias a la generosidad y altruismo de Don José Cánovas (“Pepico La Tana”), por fin, el hoy llamado “Barrio de San José” veía una luz que les guiaba en el nuevo camino, antes impensado, de solucionar la escolarización de sus hijos. Habría escuela y los hijos, los nietos y las sucesivas generaciones de aquellos honrados trabajadores se evitarían las largas caminatas diarias que les suponían los cuatro viajes a Los Garres, andando y cargados con sus humildes y escuálidas carteras de cuero.

Los jornaleros, atónitos y agradecidos ellos, no sabían cómo pagar el gesto que, Pepico la Tana, había tenido y, sin dilación, comenzaron los trabajos. Pero una vez comenzada la obra, surge un grave problema con el que, ni los padres, ni “Pepico La Tana”, habían contado. Tendríamos escuela pronto, pero esa escuela necesitaba un maestro y ahí se presentaba el nuevo escollo que habría que solucionar.

Uno de los padres que, empapado en sudor, tiraba de una carretilla cargada de ladrillos, que había traído el “autovaca” de casa de Pepe el Potra (el de los ladrillos), preocupado al igual que todos ellos por el problema, con tono alegre en este caso, alzó la voz para que le escuchase todo el grupo y apuntó, con una confiada y tranquilizadora sonrisa, al acercarse a abocar la pesada carga que transportaba:

(1er. Padre Albañil)
Joaquín el Pastorejo tiene un hijo dando clases en Córdoba. Es joven y muy apuesto y decidío. Como es maestro, seguro que entiende de papeles y está enterao del asunto de los despachos. Vamos a decirle a su padre que lo llame y que se venga p´aquí de maestro y así está más cerca de los suyos y nos puede echar de camino una mano en to este ajetreo.

(2º padre albañil)
-    ¿Cómo lo veis vosotros? ¿Vamos a verlo y asunto cerrao? Pos no s´hable más. Esta noche nos presentamos en lo del Pastorejo y dejamos este tema zanjao. Yo creo que a su Joaquín le va a venir bien venirse pa su casa y a nosotros también nos va a solucionar la papeleta.

         (Paco el Luiso, encargado)
         - Joaquín es amigo mío y hemos rondao juntos. Si se lo digo que se venga no va a poner ningún problema. Es garreño como nosotros y esto le gusta más que donde está. Además, mejor que aquí y más tranquilo no va a estar en ningún lao.


Tal y como habían quedado se presentaron en la casa de Joaquín el Pastorejo, que les recibió amable y gustosamente. A la mañana siguiente, el Pastorejo se acercó al casino para llamar por teléfono a su hijo y comunicarle la buena nueva.

Al poco tiempo, D. Joaquín Vicente, el maestro, estaba en Los Garres para encargarse de dar clase a los escasos críos del pueblo, además de solucionar todo el papeleo.

Otro asunto resuelto. Los problemas parecía que, poco a poco, iban desapareciendo, pero… como no puede haber paz durante mucho tiempo en la casa de los pobres, el domingo siguiente, en el tajo, a la hora del almuerzo, como siempre, cuando los sudorosos y cansados albañiles ocasionales estaban sentados y dispuestos a reponer fuerzas para seguir con la construcción de la escuela, el maestro de la obra, D. Francisco, pensando, como todos, en el complicado tema que tenían entre manos, se deja caer con lo siguiente:

(Maestro de obra)
-      Aquí hay pocos críos y la escuela va a estar casi vacía. Esto nos puede dar problemas. Tenemos que buscar por toa la huerta, por las casas que hay en la sierra, por tos los sitios, a los paeres con críos pequeños pa que los traigan aquí y que el maestro tenga suficientes alumnos para empezar a enseñarlos ¡¡y cuanto antes mejor!! Así es que, cada uno de nosotros, tenemos que encargarnos de ir buscando, desde la huerta hasta la sierra, por tos esos campos, a toas las familias que tengan crios pequeños pa que los traigan aquí a la escuela y que ese problema quede solucionao.

Un año más tarde, por fin, la escuela comenzaba a funcionar con D. Joaquín Vicente como primer maestro de San José. Habían quedado atrapadas en las débiles pero ágiles piernas de aquellos niños, las pesadas y dolorosas  caminatas, los fríos de las mañanas habían calado en sus pequeños cuerpos, los caballones de los bancales no volverían a ver sus saltos, los nidos, las lagartijas… Todo era ya historia para los niños de San José que, desde aquel momento pasaban a ser ciudadanos de primera, como merecían. Ni más ni menos.

Asistían a la escuela en aquellas fechas varios niños desde los seis hasta los diez u once años y una niña: Encarnita, la hija de Pepe Avilés. Todos juntos, en la misma clase, pero agrupados por edades. D. Joaquín explicaba las lecciones, primero a unos, después a otros y así un día y otro día; todos los niños y Encarnita, se ayudaban mutuamente los unos a los otros, los mayores cuidaban de los pequeños y les ayudaban a leer sus primeras letras y a conocer los primeros números y sus primeras operaciones.

A la hora del recreo, como la escuela estaba a la orilla del camino y no tenía patio destinado a tal fin, allí mismo, en el camino, se montaban sus juegos. El tránsito de la zona, exenta de peligro, no pasaba de alguna caballería tirando de un carro, alguna bestia con una saca de harina, enganchada al ramal de algún vecino que le precedía trabajando esparto para unas esparteñas o unas aguaderas, algunos zagalones de paso al trabajo, el estruendoso y polvoriento ganado, al que se le escuchaba el tronar de las patas sobre la tierra seca en la distancia… Otras veces, los niños, la niña y el maestro, D. Joaquín, subían hasta la explanada que se encuentra frente a la casa de D. José Cánovas, (“Pepico La Tana”), el dueño de la Finca sobre la que se levantó el colegio. Ese era también su patio de recreo. La explanada se transformaba cada día cobrando numerosas vidas: ahora un campo de fútbol donde todos golpeaban torpemente una pelota; mañana una pista de mate donde cada cual se empeñaba en reducir el número de efectivos del equipo contrario; al día siguiente jugamos a la comba, a las canicas, al elástico… Pero siempre los grandes cuidando de los más débiles y desprotegidos: los pequeños. De vez en cuando, hasta se permitían hacer alguna excursión, que les producía gran placer, y subían hasta “La Casa de los Forestales”, otras veces, bajaban hasta las vías del tren. Todo era felicidad, todo calma, todo paz y tranquilidad en este paradisíaco e idílico rincón desde el que se aprecia cómo se recortan, sobre el cielo de Murcia, las torres de la catedral, o cómo se eleva majestuoso el Cristo sobre el Cabezo de Monteagudo.

Tanta era la dicha, tan a gusto estaban los niños, que la voz se corrió por los alrededores y cada año eran más los alumnos que se incorporaban a la escuela. Hasta tal punto fue así, que llegó el momento en el que los padres aguardaban expectantes a que sus hijos, por turno, pudieran obtener una plaza libre y entrar. No había más plazas disponibles ni se podían habilitar más espacios para albergar a tantos y tantos niños que solicitaban su ingreso. El local no daba más de sí ya que las paredes no estaban hechas con material elástico.

Los padres vuelven a las andadas. Se presenta otro nuevo problema una vez más:

(Padres y madres)
-     Hay que solicitar un colegio en condiciones, con más espacios, con más clases y con más profesores, para que los niños estén cada uno en su clase y con su maestro. Que no tengamos que estar esperando a que los críos puedan entrar cuando haya una plaza libre. Tenemos que bajar a Murcia pa hablar con el Sr. Alcalde, contarle el problema que tenemos planteao y pedirle soluciones urgentes. La situación no puede continuar así.

Dicho y hecho. Visita al Ayuntamiento, previa cita con el Sr. Alcalde, y nuevamente a la busca y captura de soluciones.


(Señor Alcalde)
-        Es cierto que San José necesita una escuela nueva y la va a tener. Os doy mi palabra pero, tenemos que buscar un solar en el que poder edificarla. En cuanto lo tengáis, me lo decís que yo solucionaré todos los problemas que tenga que solucionar y os prometo que vais a tener una escuela en condiciones en la que vuestros hijos se hagan hombres de bien y podáis estar orgullosos de ellos el día de mañana.

Tras esta conversación con el Sr. Alcalde, los padres regresaron al pueblo más contentos que un niño con zapatos nuevos. Pero en el largo y pedregoso camino de regreso al pueblo, mientras caminaban, iban hablando entre ellos hasta que, uno de los padres, dándole vueltas a la conversación que poco antes habían mantenido con el Sr. Alcalde y al tema de proporcionarle un terreno al Ayuntamiento, manifestó:

(Padre preocupado)
-       Ahora tenemos que buscar un solar pa que nos levanten la escuela, y digo yo, ¿quién hay en el pueblo que tenga tierra pa esto y quiera vender un trozo? Ya tenemos otra papeleta encima de la mesa. ¡¡Es que no pue ser, esto es el cuento de nunca acabar!!

(Otro padre)
-      Oye, la cuñá del Paco el Esparto tiene un trociquio ahí arriba, lindando con la Tana. Vamos a hablar con él a ver si la convence pa que nos lo venda. Ahí está cerca de la escuela y del pueblo y es buen sitio, con terreno suficiente pa levantar el colegio con recreo y to.

(3er. Padre)
-    Bueno, vale. Yo sé dónde está la tierra de la cuñá del Paco el Esparto y me gusta el sitio. A lo mejor estaría dispuesta a vendernos ese trozo si hablamos con él y le decimos pa lo que es, pero ¿cómo lo vamos a pagar? Eso va a costar un dinero que… ¡¡tendremos que ver de ande lo sacamos!!

Entre preguntas y respuestas, entre dudas y zancadas, llegaron a La Solanilla y se fueron directos a la casa de Paco el Esparto, quien, desde un primer momento, se mostró receptivo y decidido a interceder entre ellos y su cuñada para que el citado trozo de terreno se destinase al nuevo Colegio.

(Paco el Esparto)
-      La verdad sea dicha, ese trozo no está  aprovechao y a mi cuñá no le hace mucho objeto, aunque no le gusta vender. Nosotros siempre hemos preferío comprar lo que hemos podío. Como es pa lo que es, yo creo que os lo va a dejar a buen precio pa que podáis hacer la dichosa escuela que lleváis tantos años peleando.

Dicho lo dicho y estando de acuerdo los presentes, convocan otra reunión con el resto de los vecinos. El problema de localización del terreno estaba resuelto y el precio de la compra, que ascendía a 200.000 pesetas, parecía asumible por los vecinos, al menos entre los asistentes.

(Portavoz)
-      Escuchadme, vecinos:  El Alcalde nos ha dicho en la reunión que hemos tenío con él en Murcia, que si le proporcionamos un terreno, el Ministerio de Educación y Ciencia nos hace la escuela. Ya hemos hablao con Paco el Esparto y su cuñá y está dispuestos a vendernos el trozo que tienen aquí al lao a buen precio.

(1er. padre asistente)
-     Pos no s´hable más por mi parte. Se compra y acabamos de una vez por toas con este asunto que nos lleva de cabeza tanto tiempo y está tan enrevesao que no se le ve la punta por ningún lao. Esto va a parecer la obra de L´Escorial.

(2º padre asistente)
-      Si, mu bonico lo pintamos to, pero ¿cómo lo vamos a pagar? ¿Ties tú los “cuarenta mil duros” que hacen falta pa comprarlo? Eso es más que  un ojo de la cara y parte del otro.

(3er. Padre asistente)
-      No te preocupes, hombre, que no creo que vaya a llegar la sangre al río. Hacemos cuentas y lo pagamos entre tos. Así me parece que es la única forma de que esto termine de una vez. ¡¡Vamos, que ya está bien de echarle tiempo y viajes al asunto y estamos en el mismo sitio siempre. No damos un paso p´alante ni de broma!!

Y así fue como se llegó al entendimiento entre los padres. Acordaron abonar 2.000´00 pesetas cada uno de los 100 vecinos de La Solanilla, todos por igual, sin importar el número de hijos que tenía cada cuál, que entregarían a “Paco El Luiso” ,encargado de recaudar el dinero y figuró como presidente del nuevo Patronato que había nacido del esfuerzo de los vecinos. En aquella misma reunión, “El tío Antonio el Carrales”, para dar ejemplo y animar a los asistentes, sacó su cartera y fue el primero en pagar allí mismo sus 2.000´00 pesetas. Algunos de los padres asistentes, que ya no tenían hijos en edad escolar (como Juan el Zamarrero por poner un ejemplo), se apuntaron a la buena causa diciendo que, si se hacía la escuela, ” …aunque sus hijos ya no iban a ir por ser mayores, sus nietos sí que podrían hacerlo cuando les llegara la hora de ir…”

Y la compra del solar se hizo realidad quedando los ánimos de aquellos atribulados vecinos más serenos. Los problemas, desde el principio, parecía que pululaban en el aire, uno tras otro, como una larga y monótona fila de hormigas; aparecían por doquier a cada paso.

Una vez comprado, pagado y entregado el solar al Ministerio de Educación y Ciencia, la nueva escuela debería comenzar a levantarse en los terrenos que a tal fin habían sido destinados, pero… pasaba el tiempo y el terreno permanecía muerto de risa. No se había movido ni un grano de arena, ni una piedra había sido cambiada de su inicial ubicación, nada de nada.

Las familias se sentían engañadas, estafadas. Habían hecho un desembolso de dinero, muy importante para sus maltrechas economías, pero… ¿para qué?

Hasta que un domingo, después de oír misa, se reúne un grupo de madres en la puerta de la Iglesia y esperan, decididas a buscar, una vez más, una voz amiga que les diera soluciones, la salida de D. Gabriel, el Párroco, a quien educadamente acorralan y exponen:

(Madres)
-   D. Gabriel, nos dijeron en Murcia que comprásemos un solar y nos harían la escuela y este es el bendito momento en el que estamos: igual que hace años, pero con menos dinero. Nos parece que se están riendo de nosotras en Murcia.

(D. Gabriel, el Párroco)
-    Pues lleváis toda la razón del mundo, hijas mías. Deberíais de hacer algo pues, de lo contrario, jamás veréis la escuela terminada y los zagales dando clase como Dios manda. Así que ¡¡Ala!! Mañana os vais a Murcia a ver que os dicen. Dios quiera que os escuchen y el domingo que viene me dais buenas noticias. Buenos días, que Dios os bendiga y hasta la semana que viene.

Al día siguiente, diecisiete mujeres de San José, se desplazaron hasta Murcia y, como arrastradas por un fuerte vendaval, fueron golpeando en todas las puertas del Consistorio hasta que, por fin, consiguieron que una persona importante les atendiera y escuchara sus más que justificadas quejas.

(Madre)
-    Hace ya bastante tiempo, nos dijeron que, si comprábamos un solar y se lo dábamos al Ministerio de Educación y Ciencia, nos harían la escuela y este es el bendito momento en el que nos encontramos compuestas y sin novio después de ver pasar los años. ¡¡No hay derecho a reírse de todo un pueblo de esta forma!! ¿es que no pagamos nuestros impuestos como to el mundo? ¡¡De aquí no nos vamos hoy sin un compromiso por parte de quien tenga que tomar la decisión!! ¡¡Vamos, hombre, que ya está bien de cachondeo!!

(Edil)
-   Tranquilizaos mujeres, tranquilizaos. Dejadme que eche un vistazo a estos papeles…  A ver, a veeer… Pues, es cierto. Lleváis toda la razón del mundo. ¿Cómo es posible que se hayan traspapelado estos documentos? Esto tenía que estar ya más que solucionado. Os pido perdón mil veces por las molestias que os hayamos podido causar pero, lo estoy viendo y no me lo puedo creer… ¡¡esta es la primera vez que me sucede algo parecido en mi vida!! ¡¡No me lo puedo creer!!
No se preocupen y márchense tranquilas que esto queda de mi cuenta. Mañana mismo me acerco yo personalmente al pueblo, para buscar un local que reúna las condiciones necesarias y que vuestros hijos empiecen a dar clase inmediatamente, mientras tanto se termina el nuevo colegio.

Efectivamente, veinticuatro horas más tarde, el Edil indagaba entre los vecinos hasta que encontró un amplio local en el que ubicar provisionalmente al alumnado de San José. El local fue más o menos acondicionado y dotado de mobiliario y profesorado.

Dos años más tarde, el nuevo colegio de San José, gracias a Dios que diría D. Gabriel, el Párroco, estuvo terminado. Cuatro amplias y luminosas aulas, distribuidas en dos plantas, con aseos en planta baja y piso superior y un habitáculo de unos doce metros cuadrados, dedicado a biblioteca, en la primera planta. Con esto, los vecinos del Barrio de San José desdecían a Calderón de la Barca al decir aquello de “… y los sueños, sueños son…” Porque los sueños, por  imposibles que nos parezcan, a veces se cumplen. Tesón y constancia, empeño y abnegada voluntad, llevan al hombre, allá dónde se lo proponga, a lograr sus metas. Estas familias hicieron escuela con su ejemplo. ¿qué es la escuela si no? ¿qué maestro o maestra consigue sus propósitos para con los niños si no es con estas premisas?

En la planta baja, Doña María Rosa atendía a los niños de Infantil (4 y 5 años) y Doña Elena a los de Primer Ciclo de Primaria. En la planta superior, los mayores: Doña Inmaculada se encargaba del Segundo Ciclo de Primaria mientras que Don Matías hacía lo propio con el Tercer Ciclo de Primaria.

Esta fue la composición del primer claustro de profesores del nuevo Colegio de San José de la Montaña. Corría el año 1979. Claustro que, desde el primer momento y hasta hoy, ha dependido y depende a todos los efectos del Colegio Público Antonio Díaz, de Los Garres, que, …por cierto, en estas fechas, me ha dicho un “pajarico” que se encuentra de celebración: Cincuenta añitos (sí, sí, cincuenta primaveras han pasado ya).

(Dª Elena)
… En el Curso 1979-80 llegamos al Barrio de San José y, desde el primer momento, decidimos quedarnos allí. Nos gustó la zona, sus gentes y el colegio, que era novísimo y con grandes ventanales, estaba enclavado en una zona de privilegio, rodeado de exuberantes limoneros al pie de la sierra, junto a la Finca de La Tana. ¡¡Qué maravilla contemplar Murcia cada mañana al llegar, con las torres de la catedral, como atrapadas al fondo, desde la propia clase, a través de sus ventanales, y el aire…!!

… El aroma a azahar, entremezclado con olor a pino, era un bálsamo de vida que nos daba la bienvenida cada mañana y nos inyectaba las fuerzas, por otro lado innecesarias, para iniciar nuestra jornada laboral (¿qué digo, torpe de mí?, jornada de placer) con ilusión y alegría ya que, estaba deseando que amaneciese cada día para elevarme y levitar sólo al pensar que volvía nuevamente al paraíso, nuestro paraíso, mi paraíso…

… Al principio, también tuvimos nuestros pequeños problemas. Todos los principios presentan dificultades y este no habría de ser menos. No disponíamos de medios. Éramos los maestros y maestras, y poco más, los elementos existentes en el Pabellón. Pero, poco a poco, como se suceden los ciclos de la Naturaleza, todo se iba solucionando. Pronto nos llegó el teléfono, fueron llegando juegos educativos para los niños, vimos cómo se arregló el patio, llegaron las limpiadoras, la fotocopiadora, ordenadores… Claro, con el paso del tiempo; no podía ser de otra forma…

… Al tener un patio vallado en condiciones, plantamos un pequeño jardín con arbustos, flores y algún árbol que, aún hoy en día, da sombra en los luminosos recreos, a los bancos del patio desde los que se observa el ajetreo de los pequeños durante los recreos…

 Uno de los muchos alumnos que se afanaron ilusionados en la tarea del jardín, es hoy en día el panadero del pueblo, Paco el de Encarna, que  plantó uno de los árboles, y hoy  dice orgulloso que, su hija, de apenas un año, algún día jugará en ése patio y siempre podrá decir: “…este lo plantó mi paere…”.

Al igual que Paco el panadero (Paco de Encarna), en La Solanilla han vivido en todo este tiempo, dando entidad propia al barrio y reconocidos por sus nombres familiares o apodos, familias como Los Culebros, Los Cresteros, Los Luisos, Los Buendías, Los Potras, Los Lanzas, Juan el Gafete, Los Tintines, Los Cherras, Pepe el Niño, Bartolo el Brujo… Gentes de bien, gentes honradas y trabajadoras. Las familias de San José.

(Continúa Dª Elena)
… Y las familias. Aquí tengo que hacer, permitídmelo, un punto y aparte. Es imposible obviar esta pieza tan esencial en todo este engranaje:

El día 22 de Diciembre, comenzábamos las vacaciones y, esa mañana, las madres y abuelas hacían una chocolatada, con monas incluidas, y se cantaban los villancicos alrededor de nuestro Nacimiento. Había en San José, en aquella época, una abuela que cantaba muy bien, conocida como “Pepita la Roja” por los vecinos, que siempre nos deleitaba con los villancicos típicos murcianos, hasta el punto en el que, un año, se presentó la televisión a filmar nuestra fiesta…

… En Carnaval y para fin de Curso también hacíamos nuestra fiesta, a la que no faltaban las familias para disfrutar viendo a sus hijos y nietos cómo representaban sus números, desfilaban, bailaban, etc., pero siempre terminábamos con una merienda o un refrigerio en el que no faltaba de nada. Y siempre se encargaban las madres y abuelas de ese apartado…

… Pero nuestro compromiso con San José fue siempre realizar nuestro trabajo pensando en mejorar la enseñanza. No nos conformábamos tan sólo con enseñar, sino que, pretendíamos que nuestros alumnos alcanzaran su desarrollo integral como personas y, para ello, nos afanábamos en inculcarles los valores que nosotras creíamos fundamentales y les servirían el resto de sus días…

… Tratábamos a cada niño de forma individual y nunca tirábamos la toalla, nunca desfallecíamos en el intento de sacar de cada uno de ellos lo mejor que tenía. Sin medir cuánto tiempo empleábamos en ese empeño pues, si algo no marchaba bien, siempre pensábamos: mañana lo volveremos a intentar de nuevo…

Así nos ha relatado Doña Elena su experiencia docente en San José. La decana del Pabellón que, desde que llegó, allá por el año 1979, permaneció en activo hasta el mes de Junio de 2005 con estos mismos ideales y con las mismas ganas e ilusión del primer día y que, ahora, al recordar tantos y tantos momentos de su vida, no podía evitar que furtivas lágrimas recorrieran su mejilla para regar los restos de azahar y pino que entre sus poros conserva con tanto cariño.

La escuela de San José (2ª parte)


         En septiembre de 2004 llegué, con destino definitivo por Concurso de Traslados, al Colegio Público Antonio Díaz, de Los Garres, procedente del CEIP. Mediterráneo de Águilas, mi pueblo natal.

         El día uno de ese mes, en el primer Claustro de profesores, se procede, como cada año, a la asignación de puestos de trabajo vacantes entre los recién llegados, ya que se suele y se debe de dar continuidad al profesorado existente previamente. Yo era el último en llegar, el último en pedir.

         Al no quedar vacante en el Centro más que un curso del Primer Ciclo, Don Emilio José Soriano, el Director, me dice: “Pedro, aquí puedes quedarte en el Primer Ciclo pero, si lo prefieres, tenemos un Pabellón en San José de la Montaña, a poca distancia de aquí, y hay disponible una clase con muy pocos alumnos. Están juntos los de 5º y los de 6º. Tendrías que atender todo el Tercer Ciclo pero seguro que estarás muy bien”.

         Yo, recién incorporado a Los Garres, no conocía prácticamente a ningún componente del claustro, excepto a D. Enrique Velasco, profesor de música, con el que había coincidido en Águilas en mi colegio, el CEIP. Mediterráneo, y del que acababa de llegar trasladado. Tampoco conocía a ninguno de los profesores del Pabellón de San José, por lo que, “tanto monta, monta tanto”, me dije. Prefiero el Tercer Ciclo que es en el que he estado más años trabajando y mejor conozco. Así que se me asignó esa clase.

         Ese mismo día, después del Claustro, me acompañaron a conocer el Colegio y se me hicieron las presentaciones de rigor. Tres compañeras me dieron la bienvenida: Doña Rosa, Tutora de la clase de Educación Infantil; Doña Elena, Tutora de Primer Ciclo de Primaria y Doña Isabel, Tutora de Segundo ciclo de Primaria. Yo era el cuarto profesor, el maestro de los mayores y, de esa forma, se completaban las Tutorías de las cuatro aulas existentes.

         Al llegar, quedé muy impresionado y gratamente sorprendido. Venía de un Colegio de dos líneas, con 500 alumnos, 1.000 padres, 2.000 abuelos… ¡¡y ahora éramos 40 personas, incluyendo los profesores!! ¿Es un sueño? ¡¡Esto no puede ser!! Debe de haber gato encerrado. ¿Cómo es posible que vaya a trabajar con 7 alumnos cuando vengo de dejar una clase de 33? Dios proveerá, me dije.

         Al transcribir, en las líneas precedentes, las palabras de Doña Elena, me he sentido plenamente identificado en ellas. Asumo lo dicho por la compañera y no cambio ni una coma: he vivido cuatro años en un paraíso. Gracias a todos: padres, alumnos, compañeros, Director y Equipo Directivo.

         Ahora llega el momento de resumir en unas líneas la historia de muchas vidas, muchas familias, muchos alumnos ejemplares, muchos compañeros y mis vivencias en estos cuatro años. Pero, lo siento. No caben. Es imposible.

         El primer año que paso en San José, coincide con el último año en activo de la decana del Colegio, componente de su primer Claustro, y nos remontamos al año 1979: Doña Elena. Todo un ejemplo a seguir. Me habría gustado haber compartido más tiempo con ella. Hablaba lo justo, siempre amable, sonriente, abnegada… ¡¡hasta mi llegada!! No sabían, ella, Rosa e Isabel, que les había tocado la lotería sin meter. Tenían a su lado una bomba de relojería a punto de estallar. Había llegado a San José un maestro alegre y dicharachero, único hombre entre tanta mujer, para alterar su paz y tranquilidad. Un compañero con un currículum de tres escasas palabras: maestro, poeta y loco. Se acabó el paraíso. Eran otros tiempos y había que explorar otros paraísos dentro del mismo edén.

         Cada mañana esperaba, a la puerta del colegio, la llegada de mis compañeras para darles la bienvenida y arrancarles su primera sonrisa matutina. Luego, vendrían más a lo largo del día. Porque mi felicidad aquí era indescriptible; sentía la incontinencia de comunicarla a mi alrededor y ellas eran mis únicas compañeras y aliadas forzosas.

         Poco tiempo anduvo intacta esa felicidad. Elena se jubilaba. Una parte del colegio y una parte de mí se marchaban, para siempre, de este escenario haciendo mutis por el foro. La escena se oscurecía, cambiada el decorado…

         Cuando vinimos a darnos cuenta, estábamos en los preparativos de su jubilación y había que dedicarle algo personal como despedida. Ya con anterioridad, cada día le sorprendía, como a Rosa e Isabel, con algún poema, algún detalle, pero esto tenía que ser distinto. Era el último que dedicaba a una compañera en activo. Y así fue, tuvo dos simples detalles: uno, como siempre, para meterme con ella y arrancarle una última sonrisa y otra cosita más seria. Adiós Elena.

         El Curso siguiente, las fuerzas se nivelaron; llegó Don José. Ya había lo que hoy está tan de moda, hasta en la política: “paridad”. Y ahí me encuentro, loco de contento, con otro hombre que podría echarme un cable en los momentos difíciles. Pero, no fue así. Don José se reía hacia adentro de timidez. Yo era el único loco que llevaba a maltraer a Rosa e Isabel. Poemas, chistes en el recreo y carcajadas de Rosa.

         En este mi segundo año, vuelvo a perder otro trocito de mí. Llegaba el turno de la jubilación de Isabel. Más seria que Rosa, se ruborizaba cuando me acercaba a ella y le decía “guapa”. - Como se entere mi Miguel, vas a ver tú - decía cada vez que le chinchaba para arrancarle las sonrisas y alegrar la vida monótona de este paraíso de paz.

         En mi tercer año, con Elena e Isabel jubiladas, llega Don Antonio Martínez a ocupar la plaza de Isabel mientras que Don Manuel ocupa la plaza dejada vacante por Doña Elena, que aún no tenía propietario definitivo. En ese mismo año, a Rosa le afloran sus problemas de salud por lo que se queda de apoyo en el Centro de Los Garres y ocupa su plaza Doña Nati. Al tener una clase numerosa, nombran a Doña Carmen para desdoblar, compartiendo clase con Don Manuel. Cinco aulas en cuatro espacios. ¿Quién me lo iba a decir hacía tres años?

Pero volviendo al hilo de la conversación… ¡¡Qué encanto de mujeres Nati y Carmen!! Ahora sí que volvía a tener cómplices. Alegres ambas, nos metíamos con Don Manuel, serio él, de escasas y tímidas sonrisas, a la par que deportista y buen compañero. Cada mañana asomaba a lo “Induráin”, a lomos de su bici de montaña, cuando estaban aún por sonar las nueve en el reloj…

 Y vuelta a los preparativos de la tercera jubilación. Había que despedir a Rosa, mi Rosica, con todos los honores. ¡¡ Y ya era yo el más viejo del Centro!! ¡¡Qué sorpresas nos depara la vida; recién llegado y decano de San José!! Eso sí, sin quitarle ni un galón a D. Antonio Martínez, que, con anterioridad a mi llegada, era el maestro de Educación Física, aunque venía solamente los días que tenía que atender esa disciplina curricular.

Y llegamos a este Curso 2007-2008. Doña Nati, comparte con Doña Toñi, que se acaba de incorporar este Curso con destino definitivo, la etapa de Educación Infantil. Necesitan las dos clases de la Planta Baja. En la Primera Planta se incorpora Don Moisés, con el Primer Ciclo, en la clase que hasta entonces había ocupado yo, mientras que, Don Antonio, continúa en su clase, antes de Isabel. Las cuatro aulas de las que dispone el Centro están ocupadas pero… queda el Tercer Ciclo por acomodar.

 En septiembre, al segundo día de incorporarme, tengo que ingresar en La Vega para una simple intervención quirúrgica que me tiene de baja hasta mediados de noviembre. Cuando me reincorporo… ¿esto qué es? ¿qué ha pasado aquí? Poco más de dos meses y lo encuentro todo cambiado. No tengo aula en la que impartir mis clases y a mis alumnos les han ubicado en un cubil de apenas doce metros cuadrados.

En esas condiciones, siete alumnos, con sus mesas y sillas, un pequeño armario, una pizarra, mi mesa, mi silla y yo, conformamos una maraña en la que es imposible moverse. Hasta tal punto que, cuando uno de los alumnos necesita ir al aseo, han de dejarle espacio para salir los compañeros. Ah, eso sí, pero la alegría no nos la quita nadie.

Como era tradición, cada año se continúan celebrando en San José las fiestas pertinentes coincidiendo con la Navidad, el Carnaval y el fin de Curso pero, en el devenir de los tiempos, las nuevas tecnologías y el personal especializado (entiéndase Don Antonio Martínez Huéscar y su séquito de auxiliares especializados) nos han llevado a elevar los actos a su máximo exponente: representaciones teatrales con DVD incluido, desenfadados desfiles de carnaval en los que dejar evidentes nuestras ganas de pasarlo bien, con desplazamiento incluido a Los Garres en autobús y mucho más.

Ahora, el colegio se nos ha quedado pequeño y los actos hemos de celebrarnos en los salones del Centro Social, o Casino, de San José de la Montaña, que gustosamente nos ceden y en cuyos salones sigue corriendo, como si de un río se tratase, un abundante caudal de chocolate y las monas aparecen en bandejas que abarrotan las mesas instaladas en el centro del salón. Con este escenario, alumnos, padres, abuelos, profesores, todos, formando una familia, como desde que San José tiene escuela, pasamos lo mejor posible los días en este rincón de la alta huerta murciana.

Ah, he hablado de las celebraciones en el Casino debido a que el Colegio se nos ha quedado pequeño. ¿No estaremos de nuevo con los mismos problemas de antaño? ¿Tendrán los padres que volver a movilizarse, viajar a Murcia, esperar y esperar…?

Hay una realidad: El Barrio de San José ha crecido, se ha hecho mayor. Tenemos la Farmaestética de Carmen, peluquerías, fontanería, la carpintería de los hermanos Cánovas, cristalería, cerrajería, la Ferretería-Droguería-Perfumería de Evaristo, videoclub, papelería, joyería, artículos de regalo, decoración y mobiliario con la diseñadora Juca, comercios de todo tipo, bares, cafeterías, los restaurantes La Gotera y El Brujo (con sus exquisitas carnes a la brasa), la panadería de Encarna y su hijo Paco…

San José no necesita en la actualidad, si no es por mero placer, desplazarse hasta Murcia para sobrevivir. San José es autosuficiente como lo fueron sus gentes desde siempre y más concretamente desde principios de los años sesenta en que comienza nuestra historia, cuando “Pepico La Tana” cedió el terreno y corrió con los gastos para la construcción de la primera escuela, hoy casa en la que vive Juan el Mencho.

Ahora los niños vuelven a hacer cola para entrar, pero… ¿podrán entrar todos los que lo deseen? ¿Se ampliará el Pabellón de San José algún día? En cualquier caso, los vecinos de San José tienen la lección aprendida.

Yo, lo único que he pretendido, al escribir estas líneas, es dejar constancia escrita de lo que ha ido sucediendo en esta zona, de forma clara y con lenguaje sencillo (mitad narrativo, mitad dramático), y no siempre ateniéndome cien por cien a la realidad de lo sucedido, sino dándole un toque de fantasía en los diálogos, para que las nuevas generaciones reconozcan y aprecien el valor de sus progenitores y el ejemplo que nos han ido dejando generación tras generación.

Gracias San José por haberme acogido como uno más de los vuestros. Siempre os estaré agradecido.

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